¿Cómo entender la primera y segunda guerra mundial?

Para entender las causas de la primera y de la segunda guerra mundial, es importante saber las ideologías que los países envueltos en este conflicto llevaban a la práctica, cabe decir que muchas de las causas fueron políticas, además de económicas, pero nos centraremos en las políticas impartidas por cada imperio. Solo conoceremos tres que fueron de vital importancia, cabe decir que los otros países involucrados tenían políticas capitalistas que no entraremos en detalle, puesto que estos conflictos se produjeron a causa de la emancipación y ambición expansionista tanto del nazismo alemán como del fascismo italiano.

Nacionalsocialismo:

Para muchos historiadores, el nacionalsocialismo es un movimiento nacido con Hitler, jefe del Partido Nazi desde 1920. Esta opinión merece ser matizada, ya que el nacionalsocialismo, si bien exacerbó las tendencias nacionalistas y racistas, desde luego no las inventó. La continuidad del imperialismo alemán se manifestó de Guillermo II a Hitler pasando por Ebert y Stresemann. Ciertos especialistas del pensamiento protestante hacen remontar a Lutero las raíces del nacionalsocialismo, pero los trabajos recientes muestran cuán grande fue la influencia del catolicismo austríaco en Hitler.
Además el término nacionalsocialismo tiene muchos significados y connotaciones. En su forma más genérica es usado desde hace más de un siglo por varios movimientos e ideologías políticas que propugnan un tipo de socialismo diferente del socialismo internacionalista y marxista, o que son contrarios al mismo. Por una parte, nació en el s. XIX como reacción a la sociedad industrial y a la emancipación liberal. Por otra parte, los movimientos nacionalistas en los Países en vías de desarrollo, específicamente en los estados árabes (socialismo árabe), han propugnado hasta este momento nuevas formas de nacionalsocialismo como alternativa al feudalismo y al colonialismo. Pero en todos estos ejemplos cualquier uso del término lo torna confuso y se complica por el hecho de que el nacionalsocialismo como fenómeno político de dimensiones históricas mundiales indica sobre todo el movimiento político alemán fundado por Adolf Hitler después de la primera guerra mundial (y polémicamente llamado con el diminutivo de nazismo).
Como fenómeno histórico, el nacionalsocialismo se debe definir a dos niveles principales: primero de todo como reacción directa de la primera guerra mundial y de sus consecuencias, pero también como resultado de tendencias e ideas con origen más lejano en el tiempo, vinculadas a los problemas de unificación política y de la modernización social, problemas que dominan el desarrollo alemán desde comienzos del s. XIX. Sin duda fueron la inesperada derrota de 1918 y sus desastrosas consecuencias -materiales y psicológicas- las que hicieron posible la fundación y el ascenso político del nacionalismo. Pero al mismo tiempo es importante considerar el hecho de que las tendencias y las ideas políticas fundamentales del nacionalsocialismo nacieron antes de 1918 y de la guerra, y de que el nacionalsocialismo es más que un simple movimiento de protesta de la postguerra guiado por un eficaz agitador de masas como Hitler.
Ambos niveles -las raíces ideológicas y la realización política- son igualmente importantes en el análisis y definición de los factores principales del nacionalsocialismo. Sus cualidades dinámicas y explosivas pudieron materializarse sólo en la situación de profunda crisis de la Alemania de la primera postguerra, pero los aspectos más extremistas del movimiento se deben explicar como el resultado de deferentes posiciones ideológicas fundamentales con profundas raíces históricas. Éstas forman el marco de la Weltanschauung nacional-socialista, que contiene los postulados principales y el vocabulario específico de valores del nacionalsocialismo, cuyas palabras claves son: nación, raza, espacio vital (Lebenraum), la comunidad del pueblo (Volkgemeinschaft), liderazgo, acción autoridad, sangre y tierra, frente y batalla.

Marxismo.

El marxismo como filosofía :

En sentido filosófico el marxismo puede entenderse como una crítica de la filosofía idealista (Hegel) y del materialismo mecanicista (Feuerbach). La crítica de Marx a la filosofía, que se realiza de modo especial en La ideología alemana, aunque lo esencial ya lo había escrito Marx en la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, tuvo como principal interlocutor a Hegel, ya que Hegel significaba la expresión más madura y modélica de lo que la filosofía era como “interpretación” de la realidad, conteniendo al mismo tiempo los gérmenes para una transformación de la filosofía, y porque en Hegel tenía lugar la consumación teórica e ideológica del mundo cristiano-burgués.
El derrumbamiento del sistema hegeliano vendría a significar el derrumbamiento de la concepción cristiano-burguesa del mundo. Entendiendo por filosofía lo que la “conciencia filosófica anterior” entendió por filosofía, el marxismo lleva a cabo una dura crítica de la “filosofía como filosofía” proclamando su desaparición tras su superación. “La filosofía como filosofía” es conceptuada como una ideología cuya necesidad ha sido histórica, pero que de eliminarse su fundamento real, “la miseria social”, ya no será necesaria.
A pesar de todo, el marxismo puede ser considerado en Marx como una filosofía en sentido tradicional, en cuanto que su crítica contenía los gérmenes de una ontología y de una concepción del mundo que se proponía llevar a cabo una clarificación racional de la conciencia, encerraba una cultura y dilucidaba el lugar que debe ocupar el hombre en el mundo.

El marxismo como ciencia :

En sentido económico-sociológico, el marxismo pretende ser una teoría de la realidad social, más en concreto de la sociedad burguesa capitalista, una crítica y alternativa a la economía política inglesa (Ricardo, Quesnay, Adam Smith), una “macrosociología” y una ciencia de la historia. La atención prestada a la explicación de la génesis, descripción de la estructura y crítica de la sociedad capitalista, y la predicción del derrumbamiento de esta sociedad, víctima de sus crisis internas y de la fuerza revolucionaria del proletariado, parecen hacer de Marx fundamentalmente un economista y un sociólogo.
La aportación fundamental de Marx a la economía política se encuentra en su obra El capital. Marx demostró el carácter histórico de los modos de producción y de las leyes que rigen su funcionamiento rompiendo con la concepción ahistórica de los economistas clásicos y de sus leyes económicas.
La complejidad de la doctrina económica de Marx puede resumirse en seis rasgos primordiales: 1º) La idea de que los productos lanzados al mercado tienen un precio. 2º) La idea de que para obtener esos productos se usa el trabajo de los asalariados, trabajo al que se da asimismo precio, convirtiéndose en mercancía. 3º) La idea de que lo producido por el asalariado tiene un valor superior al salario recibido por el trabajador, y ello aun descontando los costos de producción, distribución, etc. Este plus en cuestión es la plusvalía, que es arrebatada al trabajador por el capitalista. 4º) La idea de que tanto el progreso técnico como las necesidades de competencia obligan a los capitalistas a formar grandes monopolios, destruyendo este modo las empresas pequeñas y la clase social (pequeña burguesía) poseedora de estas empresas. 5º) La idea de que hay crisis inevitables en el mercado capitalista (crisis de superproducción, por ejemplo) y que estas crisis producen conflictos (incluyendo guerras) en el curso de los cuales el capitalismo se autodestruye. 6º) La idea de que la cantidad de proletarios y desposeídos aumenta a medida que la cantidad de capitalistas y opresores disminuye.
Una interpretación cientificista de Marx ha visto en su doctrina una teoría puramente científica (económica, histórica y sociológica). Convencidos de que Marx, en el curso de su labor investigadora, evolucionó desde la filosofía hasta la ciencia, los defensores de esta interpretación sólo conceden a la obra de juventud de Marx un interés puramente histórico y concentran toda su atención en sus realizaciones de madurez, sobre todo en El capital. Esta interpretación del marxismo fue hecha ya a finales del siglo XIX por los teóricos principales del llamado “marxismo ortodoxo” (Kautsky, Plechanov, Hilferding) al presentar un marxismo, “en indicativo”, como una ciencia objetiva no interesada en ningún juicio de valor. Dentro del movimiento comunista, esta interpretación “cientificista” del marxismo hizo sentir su influencia en la versión que le dio la escuela mecanicista, por lo menos hasta 1929.
Pero fue Lous Althusser quien, especialmente en su obra La revolución teórica de Marx, se acercó a la visión “cientificista”, aunque no se identificara con ella. Althusser estableció una oposición entre la obra de juventud de Marx y su obra de madurez: entre ambas existiría una “ruptura epistemológica”, concepto que Althusser tomó de Bachelard, entendido como el paso de una problemática precientífica, mezclada todavía con ideología, a una problemática auténticamente científica.
El paso de la ideología a la ciencia no significaría, sin embargo, una negación de la filosofía. Cuando en 1845 Marx rompió con el discurso ideológico de su juventud, había fundado ya, dice Althusser, una ciencia nueva: el materialismo histórico; pero, a la vez, una filosofía: el materialismo dialéctico; y esto en un solo movimiento. El objeto del materialismo histórico era la sociedad; el objeto del materialismo dialéctico era el conocimiento científico. El capital, que fue la obra más significativa de Marx, tiene a la vez un significado científico y un significado filosófico. Por un lado, fundamenta la ciencia de la economía, es decir, la ciencia de un determinado sector de la sociedad, y por otro, presenta una nueva concepción del conocimiento.
Es aquí donde radicaría para Althusser el más genuino sentido de la filosofía de Marx, que se encontraría en el polo opuesto del humanismo y del historicismo, que dominaban su obra de juventud. Althusser, al sostener la existencia de una ruptura epistemológica entre el primer Marx filósofo y el segundo Marx científico, ha destacado el carácter estructuralista de este pensamiento como explicación de las estructuras fundamentales de la sociedad humana. El descubrimiento de estas estructuras haría posible comprender las estructuras superficiales y más visibles no sólo en una determinada fase de la historia, sino en toda la historia humana.
No obstante, hay que reconocer, con Ferrater Mora, que aunque pueda haber diferencias entre los “dos Marx”, los intereses del Marx maduro de la Crítica de la economía política y de El capital no parecen ajenos a los del joven Marx, especialmente el de Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, cuando menos en la medida en que en éste se desarrolla también un esfuerzo por comprender la alienación real que caracteriza el trabajo desde el momento en que cesa de funcionar el comunismo primitivo. Además, la estrecha relación entre teoría y práctica y la decidida negación de un abismo entre hechos y valores constituyen supuestos que parecen constantes en todas las fases del pensamiento de Marx.
El marxismo como praxis revolucionaria
En sentido político, el marxismo significa una crítica a la acción política del socialismo utópico francés (Fourier y Proudhon, Saint-Simon, etc.) y una praxis revolucionaria (socialismo científico) encaminada a la transformación de la realidad y de la estructura económico social. En realidad, éste es el gran objetivo que persigue toda la formulación teórica del marxismo desde los primeros hasta los últimos escritos: “los filósofos se han limitado a interpretar variamente el mundo; pero lo que importa es transformarlo”, escribió Marx. La teoría marxista, por tanto, logra su suprema concreción allí donde se proyecta en una acción histórica. La praxis revolucionaria, concebida desde un principio como un doloroso proceso de aprendizaje, debía estar abierta a una revisión permanente y a una concreción renovada.
El marxismo, como la teoría de una praxis que se ha articulado a partir de la problemática de la sociedad burguesa moderna y de su civilización industrial, aparece como un intento, sobre todo práctico, por resolver esa problemática de un modo reflexivo y teórico en una determinada dirección. El interés práctico, que en el ámbito teórico actúa como conductor del conocimiento, se expresa en el problema de cómo es posible liberar la creciente productividad del trabajo industrial de las cadenas y de los efectos destructivos que de suyo tiene en su forma de organización capitalista.
El movimiento práctico, mediante el cual se realiza este interés, está concebido en el marxismo como un proceso de autodefensa y autoliberación de aquellos que sufren los efectos negativos de la sociedad burguesa, como emancipación de las clases trabajadoras de las clases poseedoras. Las clases trabajadoras están resumidas bajo el nombre de “proletariado”, y el sector que determina el carácter de este movimiento es la mano de obra industrial. El objetivo de este movimiento es la apropiación de los medios de producción modernos por los productores inmediatos. La expropiación de los medios de producción es un momento esencial de esta apropiación, que conduce a una sociedad sin clases en la medida en que se convierta en una apropiación universal, es decir, en la medida en que suprima las limitaciones de la división actual del trabajo y distribuya a cada individuo una cantidad de fuerza de producción.
Esta orientación marcadamente práctica del marxismo es la que estaría presente en las interpretaciones de Karl Vorlander, quien sostiene la idea de que el socialismo no puede desligarse de exigencias. Pone de relieve la inspiración de carácter ético de toda la obra de Marx, obvia en los escritos de juventud, pero también presente en El capital. La misma tesis fue defendida por Maximilien Rubel en su obra Karl Marx. Essai de biographie intellectuelle (1957). Según esto, en la obra de Marx no habría ningún paso de un punto de vista ideológico a una posición científica, sino que, más bien, toda ella se encontraría marcada por la dualidad entre una ciencia objetiva y una ética revolucionaria. “Como método objetivo de investigación, el materialismo histórico se ocupa esencialmente del análisis de los hechos históricos, cuya conexión establece ajustándose rigurosamente a un tipo de precisión de carácter científico; como doctrina ética trata de formular los principios que tienen que dirigir la actividad de la clase proletaria para conseguir la liberación y para organizar una sociedad completamente humana”.
El significado más apropiado, por tanto, para designar de un modo general lo “marxiano” sería considerar la teoría y la práctica de Marx como un humanismo real, revolucionario y militante, como teoría de una praxis de la emancipación humana dentro de una civilización industrial internacional convertida en una unidad. El marxismo, en cambio, no habría sido creación del propio Marx, es decir, no representaría la suma de las opiniones de Marx, sino el complejo producto histórico de las interpretaciones de las teorías de Marx. Como filosofía universal de base materialista, comenzó donde Marx terminó, es decir, creando un sistema cerrado en sí mismo, de intuiciones filosóficas, económicas y sociopolíticas.

Fascismo italiano.-

Según hemos observado anteriormente, el señor Cambó no considera la guerra como una de las causas determinantes de las dictaduras. No nos es posible combatir este criterio oponiendo, nuestros argumentos a los de nuestro preopinante, por la sencilla razón de que no aporta ninguno, limitándose, con su ligereza habitual, a formular una desnuda afirmación sin apoyarla en hechos concretos. Ahora bien: el análisis de estos hechos nos conduce a la conclusión de que el movimiento fascista, culminante en la toma del poder en 1922, y la instauración de un régimen típico de dictadura burguesa descarada, es un producto directo de la guerra.
Una ojeada a la situación económica italiana de anteguerra ha de demostrárnoslo.
El capitalismo italiano es joven. Como hace notar el profesor E. Varga (1) , la economía italiana ofrecía, en las postrimerías del siglo XIX, un carácter agrario-feudal que conservan todavía las regiones meridionales. Italia carece de materias primas (carbón, petróleo, algodón, metales, etc.), circunstancia que acarreaba su dependencia de otros países. El exceso de mano de obra, determinado por la extraordinaria densidad de población (130 habitantes por kilómetro cuadrado), compensa en cierto modo esta circunstancia negativa, facilitando el desarrollo de la industria a base de salarios bajos.
La industria predominante era la ligera o de transformación, especialmente la textil y la del automóvil.
La industria pesada estaba poco desarrollada, trabajaba como la ligera – a excepción del sector textil de la seda – con materias primas importadas, y se sostenía gracias a los subsidios y demandas del Estado.
En los países donde el papel de la industria pesada es predominante, ésta lleva a remolque y sojuzga, en alianza con los grandes bancos, las demás industrias; adquiere una influencia decisiva sobre el Estado y le obliga a realizar una política en armonía con sus intereses: pedidos de una cantidad creciente de armas y navíos de guerra, sumisión de colonias para la construcción de ferrocarriles, etc., etc. A consecuencia de la endeblez de la industria pesada, el capitalismo tenía en Italia poca base económica para una política agresiva de expansión.
La contradicción entre la industria ligera y la pesada, y entre la industria en general y la agricultura, presentaba más acusado relieve que en ninguna otra nación.
Como todo el mundo sabe, Italia, al estallar la guerra, formaba la “Triple Alianza” con Alemania y Austria Hungría. Pero esta alianza, pactada en 1881 cuando Francia se había apoderado de Argel y de Túnez, privando a Italia de las colonias hacia las cuales podía canalizar su exceso de población, carecía en 1914 de bases económicas. La lucha por los mercados, la porfiada competencia en los Balcanes y el Próximo Oriente acercaban el capitalismo italiano a Francia.
Esta fue una de las principales razones de la neutralidad adoptada por Italia durante los primeros tiempos de la guerra. Los adversarios de la intervención eran el proletariado, la industria textil, los grandes terratenientes. El partido socialista italiano, que ejercía una inmensa influencia sobre la clase obrera, había adoptado, contrariamente a los demás partidos de la II Internacional, una actitud de oposición a la guerra. Aunque esta actitud no fuera bastante consecuente desde el punto de vista del marxismo revolucionario, puesto que no llegaba a la conclusión lógica de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, constituía un serio obstáculo para los designios de los intervencionistas.
La industria ligera, especialmente la textil, esperaba más ventajas de la neutralidad que de la intervención; esto aparte, temía que con la guerra la industria pesada adquiriese una influencia predominante. Por esto, esta fracción de la burguesía representada políticamente por Giolitti, era decididamente anti-intervencionista.
Los grandes terratenientes eran adversarios de la intervención en la guerra, porque no esperaban de ella ningún provecho y porque veían con malos ojos los progresos dela industria pesada.
La tendencia neutralista se veía favorecida, además, por una parte, por el desencanto producido por el fracaso de las aventuras guerreras coloniales anteriores y el ejemplo de los sacrificios que la guerra costaba a los países beligerantes, y, por otra parte, por la presión de los capitales americano y alemán. América, que encontró en la guerra mucho más tarde que Italia, sostenía la política no intervencionista. Alemania, que había fijado su atención en la joven industria italiana, ejercía una gran influencia en la economía del país por medio dela “Banca Comerciale”, en la cual tenía intereses considerables junto con la industria textil italiana. Francesco Nitti, que era y es uno de los representantes políticos más destacados de esta ultima y de la tendencia germanófila, en su obra “L´Europa senza pace”, después de constatar las dificultades que había tenido que vencer la industria italiana en su evolución, como consecuencia de las causas que hemos indicado, decía: “Durante el período en que Italia ha pertenecido a la Triple Alianza ha creado casi toda su industria, ha reforzado su unidad nacional, ha consolidado su situación económica”.
La tendencia neutralista contaba, pues, con una base muy sólida.
La tendencia intervencionista era sostenida de una parte por la industria pesada del norte, alimentada por el capital francés y representada por la “Banca di Sconto”, que confiaba obtener grandes provechos de los pedidos de guerra, y de otra parte por la “Entente”.
Los intervencionistas pusieron en juego todos los resortes para inclinar al país a la intervención en la guerra. Entre neutralistas e intervencionistas se entabló una lucha violenta que no era, en realidad, más que una lucha entre dos tendencias del capital financiero internacional: Alemania y la “Entente”. Esta desplegó una actividad extraordinaria, compro periódicos, subvencionó a hombres políticos, manifestó una súbita ternura por los pobres pueblos opresos y arrebatados por Austria a la “Italia irredenta”, señaló los beneficios que el país italiano obtendría de su intervención en la guerra.
Era relativamente fácil vencer la resistencia de los agentes alemanes y americanos y la de los grandes terratenientes. Lo era mucho menos vencer la del proletariado. Era necesario buscar un agente entre los medios obreros. El imperialismo aliado lo halló en la persona de Benito Mussolini, uno de los caudillos influyentes del partido socialista, en que se había destacado por su furiosa demagogia y que , en aquellos días, era director del “Avanti”. Mussolini se pronunció decididamente por la intervención y consiguió atraerse un cierto números de militantes socialistas y sindicalistas. El partido le expulsó de sus filas. Con dinero facilitado por el gobierno francés, Mussolini fundó “Il Popolo d´Italia” – que en sus inicios llevaba todavía el subtítulo de “diario socialista” – emprendió una campaña de gran energía contra la neutralidad y empezó a crear partidarios de la intervención y que fueron la base del movimiento fascista.
Con ayuda de sus agentes, de los sectores de la burguesía italiana interesados en la guerra y de los lugartenientes del capitalismo en el movimiento obrero, la “Entente” obtuvo la victoria. El Gobierno presidido por Giolitti, que se hallaba en manos de la industria ligera y de los grandes terratenientes, se vio obligado a dimitir, y el 23 de mayo de 1915 Italia declaraba la guerra a Austria-Hungría.

~ por roro88 en octubre 28, 2007.

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