La nueva vida económica, política y social chilena en el siglo XVIII.

Presentación:

Durante los siglos XVI y XVII en chile, la economía regidora era la de un tipo mercantilista, en el cual las clases sociales o mejor dicho el estatus social se alcanzaban con el solo hecho de ser español o de ser dueño de una encomienda y hacendado, desprestigiando totalmente a los indios, tratándolos como esclavos y tomándolos como objeto de compra y venta.

Este tipo de trato a los indígenas, se mantuvo durante los siglos recién mencionados, pero al declinar el siglo XVII y pasando al siglo XVIII hubo muchos cambios tanto en España como en Chile, que hicieron de éste, una colonia con una nueva cara. La era de los Habsburgo había llegado a su fin, siendo reemplazada por la era Borbónica quienes eran déspotas ilustrados.

Con la llegada de los borbones al trono español hubo cambios que se hicieron nombrar en chile; en el ámbito económico, fue la creación de sistemas bancarios, hubo una estabilidad económica y se creó un estable comercio con Europa, como cambios fundamentales para el ejercicio de contrabando, entre otros. Los cambios sufridos en España se hicieron notar con fuerza en Chile, puesto que los nuevos gobernadores de la colonia, ejercieron sus principios en el territorio americano, creándose así nuevas formas de diferenciar las clases sociales o mejor dicho diferenciar un estatus social de otro. No podemos olvidar que gracias a los principios de los nuevos regidores de España, se crearon nuevas formas de pensamiento, de actuar y formas de gobierno.

Una de las principales formas que afecto a chile, fue el nuevo manejo del poder en España y el principal énfasis que se le dio a lo económico, ya que los Borbónes poseían ideales tales como “el éxito se adquiere por riqueza”. Uno de los principales objetivos de la nueva descendencia española fue sacar a España de la decadencia que estaba sufriendo, de acuerdo a ello, España estaba pasando por un duro momento, puesto que había perdido sus posesiones en Europa, su prestigio estaba decayendo, se estaba empobreciendo, etc., generando así una nueva dependencia de España en América, regresando para obtener sus recursos, inculcando a los habitantes de Chile a pagar tributo y volver a tener una importancia dentro de las potencias de Europa.

Para lograr aquello, se crearon sistemas nuevos de economía, se instauraron nuevas instituciones, se fundaron más ciudades y villas como epicentros de trabajo, hubo cambios administrativos, todo con el fin de generar mayor riqueza. Los nuevos cambios sufridos no solo en Chile sino en toda América, fueron muy radicales, ya que como veremos más adelante, ascendió una nueva burguesía, una burguesía aristocrática.

Mientras el comercio crecía, en España y en Chile se miró desde el siglo XVIII con otros ojos al Status Social, principalmente a la clase Elite, ya que las formas de gobierno implicadas en América, eran sólo de confianza del rey, por tanto, déspotas ilustrados, que jugaron un papel esencial en el transcurso del siglo y que hicieron usufructo del poder de una manera estricta.

Todos estos cambios se dieron por causas fundamentales, no solo económicas, sino también políticas y sociales, en cual en el presente trabajo se pretende demostrar como objetivo específico, responder a cual fue o fueron las causas que generaron un nuevo status, reflejado en la nueva élite social, basada sólo en la riqueza, sin importar si se trata de un indio o de un español, dejando a un lado a la clase aristocrática sobre el ejercicio del poder. ¿Qué elementos fomentaron este cambio?, para responder al objetivo planteado se comenzará hablando sobre los “principios” de la dinastía borbónica y las reformas económicas, políticas y sociales que influyeron en la formación de un status social distinto al ya existente, con el fin de abarcar un estudio desde el punto de vista social, económico y político para dar a conocer una aproximación a respuesta en la parte final del trabajo.

Concepto sociológico: Status Social.

Hasta 1920 aproximadamente, la palabra “Status” se empleaba por lo común, para designar las capacidades y limitaciones legalmente reconocidas a las personas o su superioridad e inferioridad relativa.

En tiempos más recientes parece que los derechos y los deberes establecidos por la ley, han disminuido en importancia ante los establecidos por la costumbre, con lo que la palabra “Status” ha perdido su connotación ordinaria y ha venido a significar cualquier “posición dentro del sistema social”.

Es de señalar que, mientras empleado en este segundo sentido “Status” ha sido ampliado cada vez más su contenido, en el primero ha ido reduciéndolo. Si antes la superioridad de “Status” podía referirse a cualquier clase de ordenación jerárquica, de poder, riqueza, honor, ahora para muchos sólo significa estima, prestigio, honor, respeto, es decir diversas formas de evaluación. [1]

Para Max Weber, mantenía que aquellos que poseen Status elevados tienden más tarde o más temprano a adquirir riqueza y que los que poseen riquezas tienden a elevar su Status.[2]

El ideal político de la nueva monarquía: el Despotismo Ilustrado.

El ideal político de los Borbones de España fue el de Luís XIV: “El Estado soy Yo”. Sin embargo, este ideal incompatible con las tendencias políticas del alma española y con su pasado histórico, no despertó grandes resistencias, salvo la revuelta catalana, provocada artificialmente por el pretendiente Austriaco, que tomó un rumbo más bien separatista.

Definiendo el régimen transportado a España por los Borbones, caracteriza ese ideal un marcado interés por los problemas interiores de la vida de la nación que se refieren a la mejora de las condiciones económicas, sociales y de cultura; la restauración de la riqueza general y de la hacienda; fomento de la población y del cultivo del suelo; renacimiento de las industrias tradicionales y de las relaciones mercantiles, tendencia a levantar la condición social de las clases inferiores; difusión de la cultura con un marcado carácter popular y con el deseo de arrancar a la masa del estado de ignorancia en que vivía; todo lo cual, combinado con el sentido filantrópico dominante en las ideas de carácter social, significaba una especie de revolución desde arriba, y llevaba en su fondo un sentimiento democrático quizá no bien definido, pero que producía sus efectos.[3]

Las características de la nueva monarquía no es más que tomar de la Ilustración lo que les conviene y, apoyándose en ella, introducen en sus estados una serie de reformas y mejoras importantes: suprimen los restos que aún quedaban de feudalismo; protegen la agricultura con la construcción de canales y pantanos y con la introducción de nuevos cultivos; urbanizan y modernizan las ciudades.

Introducen reformas judiciales, por ejemplo, suprimiendo la tortura que hasta entonces se había utilizado por los jueces como forma corriente de investigación; y crean multitud de centros educativos, como academias y universidades. Sin embargo, estas reformas se llevan a cabo sin contar con el pueblo; el lema del despotismo ilustrado es “todo para el pueblo pero sin el pueblo”.

Además, rechazan lo que es más importante de la Ilustración: la libertad política. Por eso, la burguesía ilustrada, que al principio apoya la reforma de los reyes, cuando ven que estos no conceden lo más importante, la libertad, se vuelve contra el absolutismo y se producen revoluciones.[4]

A pesar de que los filósofos ilustrados criticaron la política y la sociedad de su época, no pretendieron que los cambios se dieran por la vía revolucionaria; confiaban más bien en un cambio pacífico orientado desde arriba para educar a las masas no ilustradas. Varios monarcas aceptaron las ideas propuestas por la ilustración y dieron origen al despotismo ilustrado.

Los problemas del Estado absolutista requerían de la colaboración de hombres calificados y con nuevas ideas, dispuestos a reformar e impulsar el desarrollo político y económico de las naciones. El monarca ilustrado es un soberano que acepta los principio de la Ilustración y deseo ponerlos en práctica para lograr una mayor eficiencia del Estado, en beneficio de éste y de los súbditos.

El temor a la innovación es sustituido por una creencia en la posibilidad de alcanzar un futuro mejor, no por un cambio súbito, sino por una paciente labor educativa y legislativa, para la cual se necesitaba la colaboración de los ilustrados, cuyas ideas no constituían un pensamiento meramente especulativo, sino se convertirían en programas de gobiernos y se llevarían a la práctica.[5]

Una de las principales diferencias entre la primera y la segunda dinastía es una idea errónea del contraste entre el concepto político-social de la difunta monarquía austriaca y el de su heredera. Podría creerse que a la primera le era indiferente la suerte del pueblo, por espíritu oligárquico y la de la nación por laxitud del impulso vital. Felipe III sentía con más viveza que Felipe V la miseria popular, y el orgullo de la grandeza española no desapareció aún en los momentos de mayor abatimiento y miseria. Pero Monarca y Nación estaban paralizados por un fenómeno en el cual nunca se insistirá bastante, si se quiere comprender el caos sociológico de la España del siglo XVII: la parálisis producida por la supeditación del instinto político por el sentimiento religioso.[6]

La ilustración española no rompe, pues, por completo con el pasado ni se lanza a un culto abstracto de la razón, sino que busca la solución de los problemas patrios en un terreno más práctico que especulativo y sin desarraigo de los propios valores nacionales. El estado absoluto se mira como un instrumento necesario para alcanzar el bien común, que no es ahora la realización de un perfeccionamiento ético sino el logro del bienestar material. El estado pierde así la función teológica y trascendente que se había fijado en la época barroca, para encaminarse exclusivamente a objetivos de tipo temporal.[7]

El nuevo concepto de estado del despotismo ilustrado, implementado a través de una serie de reformas, torna militarmente eficiente y unida a la burocracia estatal. Esta quiere ahora ejercer efectivamente el poder y, entre otras cosas, manejar el ámbito rural, como una alternativa más del potencial productivo y sumiso de un conjunto colonial.[8]

Reformas políticas, económicas y sociales de la nueva dinastía en América.

La llegada de los nuevos virreyes y principales administradores del régimen impactó naturalmente a la muy tradicional sociedad hispanoamericana. Llegan majestuosos con sus pelucas empolvadas y su nueva pompa francesa. No son grandes de España como los que les antecedieron, pero les hay nobles y de extracción burguesa, extraordinariamente competentes la mayoría. Con ellos se inicia un nuevo tipo de administración más ágil y moderna que pondrá fin al abuso de los corregidores y a la situación crítica que de ello se derivó.[9]

La situación de aislamiento geográfico de Chile respecto del resto de América, hizo que su administración adquiriera características peculiares desde los inicios de su existencia como posesión española. A pesar de la excesiva tendencia centralizadora de la monarquía, se observa un sentido de relativa independencia para dar solución a los problemas más inmediatos y también cierta pasividad, que imprimía a las instituciones una tónica de ineficiencia y falta de decisión en el actuar.

Por otra parte la ignorancia y la inexperiencia de los funcionarios, sobre todo los de menor jerarquía, hizo que el manejo de los asuntos de gobierno fuera deficiente, engorroso, lento y equívoco. Esta forma de trabajo era común en América hacia el siglo XVIII, y Chile no constituía una excepción, en particular si se considera que desde fines del siglo precedente los funcionarios asumían el cargo por designación del rey o de sus subordinados en España, que desconocían la situación misma que vivía el país. De allí el nombramiento de favoritos o personas que pululaban por la corte solicitando favores. La costumbre de vender los cargos públicos, como medio para obtener ingresos adicionales para el tesoro, agudizaba la situación existente.[10]

El objetivo que inspiraba estas reformas era enteramente auto-referencial. Fueron diseñadas para intensificar el control español, no para soltar amarras. La riqueza del continente debía ser explotada en forma más eficiente. Había que minimizar los peligros externos, y los grupos de interés local cada vez más pudientes, leales en lo político pero promiscuos en lo comercial, debían ser objeto de un mayor control. Se pensaba que con una mayor centralización, un fortalecimiento más intenso y una recaudación tributaria más eficiente, se revertiría la ola de decadencia que pasaba España a comienzos del siglo XVIII.[11]

La legislación, de por sí mejor estructurada que la del siglo XVII, perdía gran parte de su operatividad, ya que los funcionarios se guiaban por su escaso sentido común, más que por las normas y disposiciones vigentes, que muchas veces quedaban sin aplicarse porque los encargados de hacerlo no las entendían.[12]

Durante el reinado del primer Borbón se iniciaron las reformas de la administración de las indias, las que comenzaron por diversas medidas que estuvieron destinadas a reducir la importancia del antiguo consejo de indias.

Una de las reformas consistió en dividir al consejo de indias en tres salas, cada una de las cuales tendría en adelante un presidente. Además se le quito el conocimiento de las materias de hacienda. Continuando esta política, desde 1717, las atribuciones del consejo quedaron reducidas a materias de orden judicial y a opinar sobre los asuntos en que el rey decidiera consultarlo.

La segunda reforma, muy relacionada con la anterior, fue hecha en noviembre de 1714 y consistió en la creación de cuatro ministerios o secretarías, uno de los cuales era, precisamente, el de Marina e Indias. En 1787, durante el reinado de Carlos III, la secretaría de Marina e Indias se dividió en dos, una de las cuales atendía los negocios de Gracia y Justicia, y la otra los de Guerra, Hacienda, Comercio y Navegación. Con esto se daba el golpe de gracia definitivo al Real Consejo de Indias, el cual, aunque perduró hasta 1834, ya sólo era una sombra de la antigua institución.[13]

Más importante aún es la reforma del tráfico metropolitano: que desde 1721 las flotas y galeones son complementados con navíos de registro, que tras obtener autorización administrativa, afrontan la navegación colonial uno a uno, sin ajustarse a la vieja ruta del monopolio. Es el comienzo del fin del viejo sistema mercantil, pese a que hasta mediados del siglo se suceden las tentativas de restaurar su funcionamiento regular.[14]

Todas las reformas administrativas persiguieron dos fines fundamentales: dividir un imperio cada vez más difícil de gobernar, y centralizar su administración. Estos objetivos motivaron a la creación de dos nuevos virreinatos, el de Nueva Granada, y el Del Plata; ambas creaciones pretendieron reducir los avances de tipo comercial y militar de las potencias extranjeras en territorio hasta entonces periféricos. La introducción de intendentes y subdelegados se inspiró en este mismo fin.[15]

La existencia de una máquina burocrática con pretensiones intervencionistas, fruto de las nuevas concepciones ilustradas, hizo que este estado fuera especialmente poderoso. Un mayor numero de aspectos de la vida social, no sólo administrativos, cayeron bajo su supervisión; a estos aspectos sociales el Estado imprimió su sello racionalizador. El Estado, por tanto, se adjudicó un papel que le permitía dictarlos términos de la conducta política, constituyéndose en el único actor político.[16]

En la parte económica el notable aumento de los gastos públicos conlleva necesariamente a efectuar una profunda política de saneamiento financiero. Las deficiencias administrativas, en particular las de la Hacienda, eran aún más notorias en América, pues la administración en estas posesiones había caído en la peor de las corrupciones y el panorama que presentaba el manejo de la Hacienda era casi aterrador. Se caracterizaba por un método increíblemente primitivo de contabilidad, una organización relajada, funcionarios torpes. Pero, ante todo, la causa fundamental de aflicción fue la deshonestidad de los mal remunerados funcionarios de Real Hacienda, herencia de costumbre de vender los oficios.

La visión Ilustrada tendía hacia la aplicación de una política administrativa y de control común a los territorios. Naturalmente, dentro de su concepto económico, debía iniciarse con la reforma del control de la Hacienda, en la medida que ella haría posible lograr mayores ingresos que permitieran trasformar la organización administrativa del imperio.[17]

La reforma mercantil, en primer lugar, abre finalmente al comercio recíproco un largo número de puertos peninsulares y americanos, entre los cuales establece un “libre comercio”. Este aporta como innovación fundamental, más que la supresión legal del monopolio de los convoyes, que había caído en desuso, la del sistema de navíos de registro, que había reservado a Cádiz el papel de puerto exportador abrumadoramente dominante, si no ya excluido, y había restringido el numero de navíos disponibles para el tráfico, a más de prolongar a veces interminablemente los plazos para la concesión de las autorizaciones que al fin eran otorgadas. El reglamento de comercio libre, por otra parte, no abría las colonias al comercio extranjero. Su propósito era cabalmente el opuesto: dar nuevo vigor al comercio metropolitano frente a la presión incesante de contrabando. Los productos de origen no español podía alcanzar los mercados coloniales de modo legal sólo a través de la intermediación por la metrópoli, y pagando impuestos adicionales.[18]

Dentro de las reformas borbónicas, se hizo efectuar una mayor importancia a las reformas implantadas en la minería y en la agricultura. En la minería se observa que el decaimiento de la explotación del metal precioso fue a causa de la pobre tecnología, la deficiencia en recursos y una mano de obra sin preparación técnica. La Corona se preocupó por arreglar estas deficiencias con el fin de mejorar y sacar del hoyo en que estaba inmersa España. Se mejoró la tecnología, se crearon tribunales especiales, se formo un cuerpo legal y el más importante de todos, fue que la mano de obra fue libre y asalariada. En el ámbito de la agricultura se siguió con el funcionamiento del siglo XVI, pero en lo que cambió fue que se expandió la propiedad individual en desmedro de la comunal.[19]

En el ámbito social, Carlos III era partidario de un nuevo tratamiento a los indígenas, produciendo una especia de reforma agraria que les diese tierra en propiedad o en arrendamiento para que las trabajasen, incorporándose así al comercio y a la producción de los reinos americanos. Al mismo tiempo, patrocinaba otra reforma de tipo social que consistía en establecer igualdad entre indios y españoles según sus respectivas clases sociales, lo cual se haría efectivo si los indios comenzaban a usar el traje español, medidas que les permitía ser recibidos en las oficinas públicas y casas de gobierno y en las iglesias en igualdad de condiciones.

Esta última reforma, aparentemente muy difícil, tendía a inducir a las grandes masas indígenas a un consumo, si no similar, al menos mucho más alto que el que entonces hacían, activándose así el comercio.[20]

Las reformas borbónicas como la construcción de una nueva élite.

Durante el transcurso del siglo XVII fueron cediendo lentamente las condiciones que dificultaban el ordenamiento social e impedían la definición clara de un grupo local con suficiente capacidad para erigirse en un poder paralelo al de la Corona. Ayudaron a ello, fundamentalmente las transformaciones económicas y políticas de enorme magnitud que acontecieron en la época. El siglo XVIII vio el surgimiento de un estrato alto comercial-terrateniente que compitió y compartió con los funcionarios reales del gobierno de la Colonia.[21]

El desarrollo del comercio y la mayor tranquilidad general determinaron la afluencia a Chile de nuevos grupos de españoles, que ya no eran soldados destinados a la guerra de Arauco, sino comerciantes y funcionarios.

Los vascos y los navarros eran gente de gran tino para los negocios, económicos, apegados al dinero y de mucho juicio. Los castellanos viejos procedían, en su mayoría, de la provincia marítima y montañosa de Santander, en el norte de la Castilla vieja. Vascos, navarros y castellanos se dedicaron al comercio e hicieron fortuna. Por lo demás, los borbones ya habían dejado bien en claro que el ejercicio del comercio no era incompatible con la condición de hidalgo.

Una vez enriquecidos, trajeron nuevos parientes de España, se mezclaron con lo descendientes de las antiguas familias y dieron origen así a una nueva aristocracia. Los criollos ricos y cultos descendientes de vascos, navarros y castellanos aspiraron a desempeñar también altos cargos de la administración pública.[22]

Estos burgueses, grandes señores, cualquiera fuese el origen de su encumbramiento, eran además dueños de la tierra, y nada desarrolla mejor el espíritu feudal que la gran propiedad agrícola, sobre todo en países como Chile, en que, a pesar de la abolición legal de las encomiendas, bajo Carlos III, el régimen del vasallaje rural perduró en las costumbres por largo tiempo, antes y después de 1810.

De esta mezcla de elementos burgueses y feudales sacó nuestra antigua clase dirigente su extraordinario vigor, y también de sus debilidades. El amor al trabajo y a la economía, el buen sentido práctico, y con ello le falta de imaginación, la estrechez de criterio, son rasgos esencialmente burgueses. El ansia de poder y dominación, el orgullo independiente, el espíritu de fronda y rebeldía, han sido siempre, en cambio, cualidades aristocráticas feudales, que denuncian al amo de siervos, al orgulloso señor de la tierra.

Un detalle acentual racial contribuyó a acentuar estas características. En Chile, el problema político no se ha planteado nunca sobre la base de un antagonismo entre conquistadores y conquistados. Desde 1700, los blancos dominaron aquí sin contrapeso.[23]

Cada persona que se enriqueció fue por la posesión de la tierra, el latifundio tradicional logra, pues, su plena madurez y consistencia despejando, neutralizando y dominando los obstáculos que se le oponían en el control de lo rural en todas sus formas. A esta altura de la evolución del latifundio la tierra tiene un significado totalmente distinto que dos siglos antes. Ahora puede producir y tiene valor por sí sola, es decir, que la posesión de la tierra genera poder y prestigio.[24]

De acuerdo a lo anterior, la tierra en sí habla por sí sola y fue un mecanismo de riqueza y poder, aunque la mayoría de las personas ricas fueron españoles, en el siglo XVIII ya no importaba quien estuviese en la clase élite.

Para llegar a lo alto de la escala social, no importa cual sea tu origen, solo cuenta tu capacidad financiera, tener un terreno y formar riqueza. De acuerdo a ello hubieron casos que españoles sujetos a la idea de enriquecerse no lograron un Status Social alto, puesto que desvalorizaron lo que más adelante fue la fuente de riqueza, la tierra. Asimismo, en todos los casos, solo españoles lograron formar parte de la élite social, aunque cabe decir, que algunos de éstos, heredaron tierras a Indígenas.[25]

Llego así a dominar económica y socialmente en el país una aristocracia mixta, burguesa por su formación, debida al triunfo del dinero, por su espíritu de mercantilismo y empresa, sensata, parsimoniosa, de hábitos regulares y ordenados, pero por cuyas venas corría también la sangre de las viejas familias feudales.[26]

Síntesis.

La consolidación de una nueva élite social en Chile, se genera sin lugar a dudas por la nueva dinastía en el poder español. Los Ilustrados con sus nuevas reformas implantadas en Chile hicieron que nuevas familias de España se trasladaran a territorio chileno con el solo fin de enriquecerse y pertenecer en lo alto de la escala social.

Sin embargo, estas reformas implantadas en Chile, beneficiaron solo en el ámbito económico a la clase dirigente, puesto que cada burgués perdió por completo el poder político que tanto anhelaban. Este poder político que recayó en algún momento a la clase burguesa, fue trasladado a personas con basta experiencia que los mismos borbones habían escogido, no podemos olvidar que el motivo de ello fue manejar mejor el imperio, ya que los altos funcionarios que estaban antes de la llegada de los borbónes, cumplían su rol de una manera primitiva, sin tener conocimiento de lo que realmente el cargo ameritaba.

La consolidación de la nueva aristocracia en chile, se produjo por varios motivos, primero la clase burguesa una vez despachada del poder político, se afianzaron con los nuevos funcionarios, se crearon amistades e incluso sus familias se mezclaron, todo por un deseo de poder político, ya que el poder económico que ellos poseían no les bastaba. Segundo, la administración de la tierra cultivada y cosechada, producía en aquel entonces mucha riqueza, generando poder. Y por ultimo, la clase dirigente de Chile tenía casi el mismo poder de la Corona, un poder paralelo, los borbónes tenía el poder político y los burgueses el poder económico. No se puede realizar muchas cosas si el poder político no se afianza con el poder social y económico.

Cada español que en los siglos XVI y XVII fueron de la clase elite, en el siglo XVIII no hizo más que consolidar dicha escala social, puesto que los ideales de la nueva dinastía los acompañaba en sus pretensiones económicas pero no políticas.

De acuerdo a lo anterior, si España no hubiese estado pasando por un momento crítico a la llegada de los borbónes, quizá los borbones no hubieses despojado totalmente del poder político a los burgueses que estaban en Chile. La consolidación de la nueva elite social se dio sin lugar a dudas por las reformas borbónicas pero aún mayor se dio por la ambición de poder total de los burgueses, que persuadieron a cada funcionario con el fin se internarse en el poder político.

No hay necesidad alguna de adentrarnos en aquellas reformas, solo basta saber el ideal político de la nueva dinastía para que nos demos cuenta quienes son los beneficiados, aunque cabe decir que algunas de las reformas beneficiaron a los indios, un logro no menor, puesto que en este siglo se abolió la esclavitud, siendo asalariados los indios que trabajasen en las haciendas.

Podemos decir además que la nueva clase elite estuvo formada por españoles, pero si los indios hubiesen tenido la experiencia de manejar correctamente la tierra, que en algunos casos se les entrego en propiedad privada, la clase dominante o mejor dicho la nueva clase aristocrática estaría conformada por ambas razas.

En el siglo XVIII ya no importaba si era indio o español, lo importante para los borbones que implantaron su ideología en chile no fue más que, el bienestar común se alcanza con la riqueza, dándoles muchos beneficios a ambas razas, especialmente a los ricos.

En fin, la nueva aristocracia en Chile fue la que perteneció a la nueva élite social, alcanzando un poder político y económico que en algún momento no se consolidaba en Chile. Lo importante de esto que ya no importaba si era indio o español, lo importante era estar en bienestar común, alcanzado sólo con la riqueza.

Bibliografía Citada.

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[1] Sills David, Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales (Edición española) Tomo 4, 487

[2] Weber Max, Economía y Sociedad (México, fondo de cultura económica, 1964) 682

[3] Encina Francisco, Historia de Chile, (Chile, editorial nascimiento, 1970) Tomo IV, 405-406.

[4] Barros Arana Diego, Historia General de Chile (Chile, Editorial Universitaria, 2000) Tomo V, 380-383.

[5] Jhon Lynch, Administración Colonial Española (Argentina, Eudeba, 1967) 143

[6] Encina Francisco, historia de Chile (Chile, editorial Nascimiento, 1970) Tomo IV, 405

[7] Eyzaguirre Jaime, Historia de Chile (Chile, editorial Zig-Zag, 1973) 227

[8] Mellafe Rolando, Historia Social de Chile y América (Chile, Editorial Universitaria, 1986), 86

[9] Zorrilla Enrique, Gestación de Latinoamérica (Chile, Ediciones Nuestra América, 1982) 295

[10] Pinto Sonia, Luz María Méndez y Sergio Vergara, Antecedentes Históricos de la Contraloría General de la República (Chile, Contraloría General de la República, 1977) 142

[11] Jocelyn-Holt Letelier Alfredo, La Independencia de Chile (Chile, Planeta/Ariel, 1999) 47.

[12] Pinto Sonia, Luz María Méndez y Sergio Vergara, Antecedentes Históricos de la Contraloría General de la República (Chile, Contraloría General de la República, 1977) 143

[13] De Ramón Armando, Juan Ricardo Couyoumoljian y Samuel Vial, La Gestación del Mundo Hispanoamericano (Chile, Editorial Andrés Bello, 1992) 372-373

[14] Halperín Donghi Tulio, Historia de América Latina, 3 (España, Alianza Editorial, 1985) 51

[15] Jocelyn-Holt Letelier Alfredo, La Independencia de Chile (Chile, Plantea/Ariel, 1999) 48

[16] Jocelyn-Holt Letelier Alfredo, La Independencia de Chile (Chile, Plantea/Ariel, 1999) 62-63

[17] Pinto Sonia, Luz María Méndez y Sergio Vergara, Antecedentes Históricos de la Contraloría General de la República (Chile, Contraloría General de la República, 1977) 144

[18] Halperín Donghi Tulio, Historia de América Latina, 3 (España, Alianza Editorial, 1985) 56.

[19] De Ramón Armando, Juan Ricardo Couyoumoljian y Samuel Vial, Ruptura del viejo orden Hispanoamericano (Chile, Andrés Bello, 1993) 37-43

[20] De Ramón Armando, Juan Ricardo Couyoumoljian y Samuel Vial, Ruptura del viejo orden Hispanoamericano (Chile, Andrés Bello, 1993) 380-381

[21] Jocelyn-Holt Letelier Alfredo, La Independencia de Chile (Chile, Plantea/Ariel, 1999) 36

[22] Frías Valenzuela Francisco, Manual de Historia de Chile (Chile, Editorial Zig-Zag, 1998) 73-92

[23] Edwards Alberto, La Fronda Aristocrática en Chile (Chile, Editorial Universitaria, 1982) 32

[24] Mellafe Rolando, Historia Social de Chile y América (Chile, Editorial Universitaria, 1986) 87

[25] De Ramón Armando, Historia de Chile (Chile, Editorial Catalonia, 2003) 42-44

[26] Edwards Alberto, La Fronda Aristocrática en Chile (Chile, Editorial Universitaria, 1982) 33

~ por roro88 en octubre 17, 2007.

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